Esto se acabó. Las dudas y la incapacidad del gobierno; las equivocadas decisiones tomadas, sin agotar antes cómo acabar con lo superfluo; la maldad de una oposición que enaltece actuaciones sindicales y sociales, sin ofrecer alternativas de cambio y apoyo a un cambio constitucional profundo y realista, y, por último, los intereses de los partidos mayoritarios empecinados en un sobrevivir, sin pensar, al menos públicamente, que se están poniendo la soga al cuello, han dado al traste con la posible y sensata, además de única, real solución de cambiar las estructuras políticas españolas. Creo que ya no hay tiempo.
No somos ingobernables. Somos buenos vasallos, pero no hemos tenido suerte con los señores políticos y gobernantes. La historia será implacable con ellos.
Y, como estoy acostumbrado a aconsejar que ¨hay que funcionar aún a pesar del jefe¨, reitero que las autonomías han podido y debido cambiar sus presupuestos, recortando ellas todos los gastos, incluido el número de diputados regionales, que nunca debieron crearse. Siguiendo el ejemplo de los gestores financieros se ha seguido gastando, incrementando por cuatro o por seis la deuda, y haciendo recortes en los flecos para intentar engañar, en vez de meter la tijera en la tela de los telares.
Siento hacer esta afirmación, o son tontos o nos toman por tontos, aunque la respuesta es obvia. Como el tiempo se acabó, solo les queda tirarse las culpas unos a otros y pedir perdón a sus bases para atacar las reformas constitucionales y la reducción de gasto donde más les duele: en sus carnes. Suerte para todos.